martes, julio 25, 2006

MEMORIA HISTÓRICA, SÍ Y NO A LA VEZ

MEMORIA HISTÓRICA Y GUERRA CIVIL

El Rector 007 es nuestro polemista: Dios le hizo la gracia de darle percepción inmediata de las trampas saduceas (a través de las trompas de Eustaquio), de los trasgos, de las cortinas de humo y de los avasallamientos intelectuales. Aún así, la Junta de Rectores de Trapisonda advierte que los trabajos de su polemista son polémicos, aunque se construyan desde la poderosa perspicacia de su amígdala cerebral, que yace justo bajo el putamen.

"De estos tiempos resecos se burlarán los próximos mientras se pregunten cómo admitió ser manipulado tanto intelectual y cómo el lector llegó a prescindir de todo espíritu crítico aún sabiendo con quienes se la juagaba. ¿Cómo se le ocurrió a un gobierno cursi dar a entender que podía recuperar la memoria de la gente, cuando lo que pretendía era reescribir una historia a la medida de sus fantasías? ¿Cómo las derechas, temerosas de contar verdades probadas y desprestigiadas por la pesada propaganda, prefirió negar -con razón psicológica- la existencia de la memoria más allá de la experiencia y de la vida individuales, en lugar de advertir a todos de que lo que se ventilaba era una simple falsificación de hechos y, por eso mismo de la falsedad, no recordables ni por los más viejos del lugar? Millones de euros han ardido en esta vanidad de negar lo que se fue y de aparentar lo que no se es. El mundo como una pompa de jabón: a la deriva.

Nos referimos a la Tercera de ABC del 25 de Julio, Santiago, Patrón nuestro. La firma la biacadémica Carmen Iglesias, que la titula “MEMORIA HISTÓRICA Y GUERRA CIVIL”. Para más atrás nadie plantea la existencia de esa memoria, y para más adelante, a partir del 78, tampoco. El ABC entresaca del total esta frase resumen de la teoría: “...No fue “caer en el olvido”, sino “echar en el olvido” (como nuestra rica lengua castellana diferencia con matices decisivos y que ya fue recordado por Santos Juliá); fue en todo caso “un olvido activo”, que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro...”

Pero lo cierto es que la sola existencia actual de Zapatero, con sus saltarinas actividades, ya demuestra que “el olvido activo” no acabó con la espiral de violencia sino que la rescató de la penumbra donde aguardaba la posibilidad de volver a planear en círculos sobre la mortecina España.

La autora ya nos tiene acostumbrados a su táctica de enseñar algo ajeno para esconder lo grave del asunto y, en esta ocasión, carga toda la argumentación en la palabra “memoria” y ninguna en “historia”, como si no estuviera bien claro que lo que pasaba por el cerebro rojo era otra forma de decir Historia, con lo que lo de memoria histórica se interpreta como “Historia Histórica”. O sea, "Historia por la gloria de mi abuelo". Se le debe añadir un subtítulo: lo que de verdad pasó según decimos nosotros, los rojos de papel cuché.

Ganas de disimular de la autora y de aprovechar la magna ocasión para el reglamentario palo a Franco. Lo curioso es que, tras consumir toda la página elucubrando sobre la “memoria”, que es personal e intransferible y que, como dijo Untal Kosellek, “la memoria depende de mis experiencias y nada más”, pone de manifiesto la falsedad argumental al admitir que Franco inventó una memoria única, de una pieza “como hacen ahora buen número de historias autonómicas nacionalistas”. Ni palabra de lo que están haciendo los rojos de toda la vida.

Veamos, doña Carmen Iglesias: si la memoria es experiencia personal durante todo su trabajo, hasta llegar al último párrafo, ¿cómo se le ocurre convertir en equívoco el concepto de memoria que ha desarrollado con tanta inverecundia, y hacerlo sinónimo de historia? Porque, de otro modo, diga la académica cómo hizo Franco (a través del franquismo) para “inventar una memoria”, siendo que ella misma ha empleado toda la página para demostrar que las memoria es una facultad individual y no un discurso y que no es posible inventarla. ¿No estará proponiendo que aceptemos que Franco disponía de “superpoderes” y hacía lo que nadie puede? Y no es error sino traición del inconsciente, porque añade cosas que, desde luego, superan el campo de la memoria individual, basada en ciertas moléculas, para convertirla en la historia que antes negaba: “Que no se posponga la única memoria imprescindible para una sociedad: “ la que puede mentener vivo el origen del derecho, la que apunta a una pedagogía de la democracia”. Esto quiere decir no ocultar ni fracasos ni errores históricos...” O sea, en el trabajo de doña Carmen Iglesias se usan dos conceptos distintos de “memoria” como si fueran uno. Cuando conviene la memoria es personal e intransferible. Cuando no, equivale a historia del derecho y a pedagogía de la democracia.

O sea, trampa. Trampa saducea que diría el difunto Torcuato Fernández Miranda, creador y desactivador de parte de la memoria franquista. ¡Ay, qué cara! Qué poquita vergüenza intelectual. Un método más que turbio para una pensadora seria.

EL RECTOR 007
Para que todos tengan su oportunidad, se reproduce el artículo de doña Carmen Iglesias, que ha sido criticado por nuestro rector.

"Memoria histórica y guerra civil

Por CARMEN IGLESIAS. Catedrática de Historia de las Ideas Políticas y Moral de las Reales Academias Española y de la Historia

... No fue «caer en el olvido», sino «echar en el olvido» (como nuestra rica lengua castellana diferencia con matices decisivos y que ya fue recordado por Santos Juliá); fue en todo caso «un olvido activo», que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro...

DESDE diferentes perspectivas, varios historiadores hemos insistido en numerosas ocasiones en la importancia que tuvo la memoria histórica para todos los protagonistas de la transición de 1975 y en la elaboración constitucional del 78. Precisamente porque se era muy consciente de lo que había ocurrido en el siglo XIX y en 1931, cuando la concordia -es decir, la «amistad civil» en los asuntos de interés general, que decía Aristóteles- no había prevalecido, y una parte importante de la ciudadanía -casi la mitad de los españoles- quedaba excluida del consenso constitucional; precisamente por todo ello, los constituyentes del 78 lucharon ejemplar y generosamente para que nadie quedara fuera. Claro que se practicó el olvido, como insisten los que ahora se erigen a sí mismos en guardianes de una memoria guerracivilista que de alguna manera tiende a relativizar la memoria cercana de lo que sucede ahora, de lo que ha sucedido con las víctimas del terrorismo en plena democracia. Pero no fue el olvido pasivo, amnésico y distorsionador de la realidad; no fue «caer en el olvido», sino «echar en el olvido» (como nuestra rica lengua castellana diferencia con matices decisivos y que ya fue recordado por Santos Juliá); fue en todo caso un olvido activo, que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro, como Arendt y Heller, las dos grandes filósofas judías, han reflexionado dolorosamente en sus escritos al hablar de las víctimas, de la necesidad de justicia y, al tiempo, del legado a las futuras generaciones. Un «olvido activo», en frase de Koselleck, en el que se olvida la deuda, pero no los hechos, y en el que se precisa la terapia de la memoria para «curar la capacidad destructora de los recuerdos».

Como es sabido, y repito mis propias palabras de hace algún tiempo, este olvido ha sido considerado por muchos como el pecado original de la transición. Quisiera insistir en que es algo que viene impuesto por el sentido de la realidad respecto a las condiciones históricas de 1975 y que entronca con aquello que los griegos calificaron como piedad. Las pugnaces polis griegas, enzarzadas con frecuencia en unas guerras entre sí -que las acabarían debilitando frente al enemigo común: el naciente imperio macedonio, primero, y luego el romano-, tenían, sin embargo, sabiamente establecido el fin de los agravios con el fin de la guerra. En los límites de las polis que firmaban la paz, en las encrucijadas de las fronteras de la época, se colgaban las armas y los trofeos conquistados por los vencedores, con el acuerdo tácito -y siempre respetado- de que ni vencedores ni vencidos actuarían, ni para su mantenimiento por parte de unos ni para su destrucción por parte de otros. Simplemente, se dejaba al tiempo que arrasara aquellos trofeos y fuera borrado del sentimiento de los hombres el rencor de la guerra. Pienso que, a la muerte del dictador, tanto el pueblo español como las personas con capacidad de decisión política para el cambio deseaban fervientemente borrar para siempre esos elementos que habían llevado a una enemistad tan larga y profunda. Lo que no pudieron hacer los padres lo hicieron sus hijos o casi sus nietos. El tiempo y las transformaciones profundas, materiales y mentales, de la sociedad española en largos años fueron el sustrato que permitió esa bienvenida piedad histórica.

Pero, además, no es lo mismo recuerdo personal, memoria subjetiva, que historia. Y las personas y los pueblos, a través de la herencia social y cultural que decía Umberto Eco -por la que se filtran las percepciones de la realidad y del tiempo, y sin la cual no sobrevive ningún tipo de sociedad ni cultura humana-, eligen siempre. En la especie humana, ni individual ni mucho menos colectivamente (esa falacia de «memoria colectiva», esa moda del memorialismo, que, manipulada por el poder político, ya Koselleck ha denunciado claramente como ideología política interesada) todo no puede ser recordado, ni tampoco todo puede -ni debe- ser olvidado; en ambos extremos se cae en la locura. Como ya escribí también en otra ocasión, qué se refuerza en la memoria histórica y qué se difumina en el olvido es un dilema que no tiene solución más que en los regímenes totalitarios, pero no en nuestros sistemas liberales y democráticos. En cualquier caso, como señalan Koselleck, Ricoeur, Bruckner y tantos otros pensadores, filósofos e historiadores, no se trata de recuerdos privados, pero tampoco de «memoria colectiva» («mi memoria depende de mis experiencias y nada más», ha dicho Koselleck); no se trata de moralismos ni nostalgias («la nostalgia nada tiene que ver con la memoria, porque el pasado al que se refiere permanece fuera del tiempo, congelado en una especie de perfección que nunca existió», expresó muy bien Manuel Rodríguez Rivero). Esa memoria, si quiere ser histórica, tiene que ser la que van reelaborando de manera crítica los historiadores, para contrarrestar la memoria ideologizada y muchas veces demagógica que, con desgraciada frecuencia, intenta imponer un poder político.

Incluso admitiendo una memoria dividida, como dice Reinhart Koselleck (siempre es mejor que inventar una única, de una pieza, como hizo el franquismo y como hacen ahora buen número de historias autonómicas nacionalistas), es posible la concordia, siempre que no se intenten reabrir viejas heridas (insisto, a veces para disimular las recientes), y que se acepte que el otro puede tener una parte de verdad, una parte de razón. Y, sobre todo, que no se posponga la única memoria imprescindible para que una sociedad pueda funcionar: «La que puede mantener vivo el origen del derecho, la que apunta a una pedagogía de la democracia». Esto quiere decir no ocultar ni fracasos ni errores históricos, pero huir al tiempo de la locura y el odio en espiral que se promueven cuando el necesario uso del recuerdo y de la memoria histórica se utiliza solamente para fortalecer el traumatismo, «la conmemoración de las catástrofes que han asolado a un pueblo» (Bruckner, 1996), cuando solo, o primordialmente, «los guardianes del resentimiento», que decía Domínguez Ortiz, tienen voz política. Ese pasado se interioriza entonces como un continuum, con la consecuencia fatalista a que tal uso exclusivo puede abocar. Además contribuyen a desatar unas fuerzas irracionales que encubren los auténticos problemas del presente y que luego los «aprendices de brujo» no pueden contener, aunque así lleguen a creérselo desde la pérdida de sentido de la realidad que con frecuencia produce la sensación desmesurada y engañosa de omnipotencia de poder."

En Trapisonda se juega limpio.